SOBRE LAS NOVELAS DE ROBERTO RUIZ ROJAS

 

Por: Carlos Orlando Pardo

 

Bekland 2-71 y Bajo el cielo de… inscriben a Roberto Ruiz Rojas, Ibagué, 1938-1978, dentro de los novelistas de corte ecuménico. El desarrollo de parte de sus historias, fruto de las experiencias de su vida en Europa y de su enorme caudal intelectual, tienen aquí el sello de los objetalistas, escuela francesa de moda por aquellos días de su formación. Ruiz Rojas hace una historia de amor con economía de lenguaje, con términos enredados felizmente en lo lúdico, una de sus pasiones, pero el corte seco, preciso, quita en ocasiones intensidad a la anécdota que deviene superficial.

Señala Betuel Bonilla Rojas en un estudio aún inédito fechado el veintidos de julio del año 2000 y que reposa en la Biblioteca Darío Echandía, titulado Roberto Ruiz Rojas ”el compromiso con la palabra,” que la obra publicada “tiene como característica principal la búsqueda permanente de una voz propia, mediante recursos estéticos rupturales e incrustrados en las tendencias vanguarditas de la literatura moderna”. Agrega Betuel Bonilla que el cosmopolitismo de Ruiz no es a ultranza, “sino la capacidad de reconocer en lo regional lo que hay de universal, de grandioso y limitado…”1

La prisión, novela póstuma editada en 1998 tras haber sido escrita entre México en el verano de 1969 y las lluvias de Ibagué de 1971 y 1975, es, como acertadamente advierte la explicación de Hugo Ruiz, “un documento literario de primera mano por cuanto el autor vivió en la isla por espacio de más de un año y a lo largo de ese lapso trabó amistad con numerosos reclusos quienes le confiaron sus historias y los tejemanejes administrativos de las autoridades penitenciarias.”2

“El texto, sin embargo, no se queda en la simple denuncia ni en el aspecto documental, sino que trasciende tales tópicos para erigirse como una obra literaria que en algunos pasajes cobra gran belleza evocadora y de lenguaje.

Se funden en la obra las vicisitudes tanto de los prisioneros como del personal administrativo a través de un extenso diálogo que, sumado a algunos pasajes en que la acción se nos da de manera directa, logra conformar un vasto fresco tanto de denuncia social como de calidad literaria sin caer en el panfleto o en el documento sociopolítico.

La prisión, novela que permaneció inédita por espacio de casi veinte años, vio la luz en 1998 para sumarse a las significativas obras que en la narrativa ha venido produciendo la generación que se dio a conocer alrededor de los años sesenta y de la cual hizo parte destacada el autor.

Dueño de una gran sensibilidad social aunada a una sólida cultura literaria, Roberto Ruíz logra en La prisión -si bien es obra que no se alcanzó a limar y ajustar en diversas partes por su muerte prematura-, un texto coherente y finalizado y el lector, al terminar su lectura, comprende que son muchos los hombres que han ido a dar con sus huesos a la cárcel por componendas políticas más que delicuenciales y que la injusticia no ha cesado con el cierre de la isla como prisión, pues es el sistema el que no varía sus métodos y los tristes protagonistas que encarnan la represión son, a la postre, víctimas también del engranaje demoledor que a todos los tortura por igual en los bajos e intermedios estratos de la corrupción política y administrativa.

Esta obra convoca y despierta la sensibilidad social del lector a través de un lenguaje dialogal en algunos pasajes y otros evocativos de gran vigor literario y al final el círculo narrativo se cierra fuera de sus muros para brindarnos el espectáculo miserable de los verdugos en los parajes en que se refugiaron para pretender inútilmente escapar de sus vergonzosos recuerdos.

De otra parte esta novela aborda el tema de la violencia política que vivió el país a través de numerosos episodios que son al tiempo testimonios de una realidad agobiadora y que, a pesar de las apariencias, aún sobrevive bajo diversas máscaras.

Todo comienza el día de Las Mercedes, patrona de los reclusos. La acción real se ofrece cuando cambian al director de la prisión donde surge el discurso del antiguo funcionario para darle la bienvenida al nuevo designado. Ancízar, uno de los detenidos y administrador del único quiosko que vende café, cigarrillos, crema dental y papel higiénico, entre otras cosas, está preso por una riña callejera donde lesiona a su contrincante, pero ya detenido termina matando a otro preso por sobrevivir y la natural consecuencia es el aumento de su pena y el traslado a la isla prisión de Gorgona. El arrepentimiento por su encierro lo intercala el narrador con sus “hazañas” delicuenciales por Buga, Caicedonia y Sevilla, en el Valle, al tiempo que se narran sus relaciones con la política que, al igual que los demás, la asumen por tradición. De allí que Ancízar recuerde su militancia en el MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y la decepción obtenida porque sus principales líderes terminan siendo corruptos, adquieren la tierra a precios irrisorios intimidando a los campesinos, dando así sin ningún discurso ni pancarta, como ocurre a lo largo de la novela, la ejemplarización de corrupción por medio inclusive del terror. Un abogado de aquellos es el defensor de Ancízar, siempre lleno de ocupaciones. A través de ésta y otras vidas se señala el abuso del poder y la latente rivalidad entre los de arriba y los de abajo lo metaforiza el autor con un partido de fútbol jugado por los guardianes y los presos.

Talero, antiguo director, le recomienda logística al mayor Contreras, su sucesor, mientras afuera en el país se ve la llegada del Papa que representa con su vestido blanco la supuesta pureza, pero que igualmente es de los que abusan del poder. La gente pone en venta pedazos de tierra porque la besó el Papa y eso trae bendiciones, otro de los elementos de consumo de la religión que se matizan en el libro. El acontecimiento desde luego sirve para que a los presos les ofrezcan la rebaja de penas y se convierta en una preocupación para ellos, entre los cuales necesariamente se encuentra el mismo Ancízar.

Intercala el autor planos entre la historia personal de los presos con la lucha política, como por ejemplo Turpial, matón a sueldo, sicario de la época, que describe al juez sus razones para estar en esa vida, concluyendo que nadie en verdad se rehabilita y mucho menos en lugares así.

Víctor Lozada, el narrador en un primer momento, es un profesor que llega a la isla por recomendación de un Senador amigo de su padre buscando reinvindicar su fama de vago. De los diálogos con Víctor Lozada salen las historias con otros delincuentes ya cruzados con el narcotráfico. Son vidas terribles con sus angustias y sus sueños y se palpan cómo están por dentro y cómo ven el mundo exterior. Víctor Lozada concluye que él como los otros empleados son presos igualmente y seres de “abajo” dominados por quienes sustentan el poder. Otros docentes como Chiqui Fernández, ignorante de pésima ortografía, es dueño de un podercito que cree tenerlo todo y humilla a los demás sin darse cuenta de sus propias miserables limitaciones. O el profesor Pérez que piensa que la letra con sangre entra, en fin, una galería de personajes hechos a la medida de una isla donde habita la desgracia.

En otro plano, Alejandro, empleado de la Isla, escribe desde la cárcel cartas a su hermano que son el medio por el cual se vale el narrador para contar la otra historia de la prisión y sirven por ejemplo para dibujar a los perros guardianes contrabandistas de drogas y licor o la explotación de sus trabajos. Es la precaria condición humana de unos y de otros donde suceden pocas cosas amables como las escenas de Alejandro cuando intercambia libros con el cura y dibuja la rutina y la monotonía de todos los días donde queda tan sólo contemplar el paisaje.

Al fondo de todo está la fiesta por el día de Las Mercedes. Unos empleados van a Buenaventura para distraerse en los prostíbulos con sus riñas y su whisky y adentro el cambio de director conlleva cambio de personal y ya verá el lector adelante, a través de Alejandro y Rosa, su esposa odontóloga, cómo están siendo reconstruídas las existencias y la historia de cada uno de los presos, inclusive la de aquellos que terminaron de pagar su pena como ocurre al final con El Turpial o con el guardián Saúl o el temido Lancheros, preso mayor de la cárcel que se ubica en Caracas a cumplir tarea de lavado de dólares o en sus fabulosos negocios con el narcotráfico. Pero también está la historia de ellos mismos cuando ya han vivido la experiencia del capitán Barriga, de la guardia, quien al ver que nadie publica sus textos en ningún periódico, decide leer de manera autoritaria capítulos de su novela que rechazan algunos presos, escuchan otros como una novedad o reciben algunos como nueva tortura. Por uno y otro lado campea la mala vida de los presos y la del personal administrativo, particularmente a lo largo de un diálogo casi interminable entre empleados de la cárcel que son manejados por el narrador con términos precisos sin dejar nada al azar, quedando al fondo la atmósfera pesada que produce indignación al señalarse la elocuente verdad de la caprichosa operatividad de la justicia colombiana. Allí Guillermo Rincón, el gordo, Alejandro y Víctor Lozada van dejando correr la historia en sus apartamentos al que se suman guardianes o los que van de carrera al puerto. Todo gira en torno a su cotidianidad, a su fatalidad por estar allí, a su deseo de salirse a otro sitio. Es la suma de pequeñas o grandes ambiciones, de escenas que reflejan en esencia lo a veces terrible de la condición humana.

Se interrumpe la fiesta al sonar la alarma de la prisión que hace correr a la guardia y formar a los presos, pero como acto intimidatorio del nuevo director para hacer sentir su autoridad. Las vidas de los trabajadores y las de los presos siguen cruzándose y entrecruzándose como destinos unidos en la fatalidad y la muerte trágica. No dejan de examinarse actos vanales como los reinados inútiles o realmente terribles como la injusticia en el país y de qué manera comienzan las circunstancias a cambiar el destino del hombre, como pasa en el caso de la llegada de Talero, el primer director que arribó con temores y buenas intenciones, pero las mismas condiciones del lugar lo volvieron duro. El silencio de unos y de otros permite el atropello como personaje que encarna una manera de la complicidad y de la cobardía.

Al concluir la novela, Alejandro y su esposa, instalados en Bogotá junto a otros amigos de la época en Gorgona como Víctor Lozada, Alberto y Carlos, evocan aquellos días y reconstruyen actualizando el itinerario de presos y compañeros de trabajo en la prisión. Estructuralmente se ofrecen los últimos pasajes a través de una supuesta grabación que también el supuesto editor aclara.

Betuel Bonilla en el texto aludido al comienzo, señala que “es notoria la similitud formal con la novela Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa, en la que reconstruye fragmentariamente una realidad siguiendo la sicología de los personajes”3

Como bien lo resumen María Mónica Bedoya Gómez y Jorge Enrique Pérez Varón en un amplio y meritorio ensayo sobre Roberto Ruiz que les sirvió como tesis de grado en su especialización en la enseñanza de la literatura,4 Beekland 2-71 es una novela corta donde el autor nos presenta “la historia de dos italianos que conoce en su viaje por Europa: Stilitano y Gino, quienes se rebuscan el subsistir con trabajos temporales en Amsterdam. El narrador, anónimo y extradiegético, se encarga de presentar a los protagonistas de la obra como seres sin mayores aspiraciones que buscan sólo vivir al día. En medio de esto afloran problemas como la falta de dinero, un trabajo inestable, las relaciones amorosas de momento por interés y el homosexualismo. Aparentemente la historia tiene poco de llamativo; sin embargo, Roberto Ruíz Rojas plantea una visión crítica a una serie de cuestionamientos del hombre del siglo XX que se encuentra inmerso en la cultura europea, en especial París y su farsa: “una ciudad que escondía bajo formas corteses aprendidas con escrupuloso cuidado toda su ruinosa mezquindad, todo su agotamiento y desencanto. La vida allí era teatro permanente, satisfacción fingida, ocultamiento, perfume a cambio de ducha, triste payaso sonriente, ça va bien toujours, máscara contra máscara”. Stilitano tiene que aprender a sobrevivir en medio de albergues, manifestaciones políticas, estaciones de metro y piojos a montones.

Beekland (tierra del pantano) 2-71 (una dirección en Amsterdam), plantea, en medio de la historia superficial, la existencia cotidiana de los hombres que se hallan encerrados en la rutina y el sinsentido. El escritor logra a través de su vocación de trashumante por el viejo continente, crear un relato triste acerca de la humanidad en todas partes, tal y como lo afirma Jerónimo Gerlein: “Es decir que la humanidad es la misma aquí y allá- al menos eso entendí yo-, y que a la hora de la verdad sólo cambian ciertos hábitos, ciertas banderas y unas cuantas palabras”.5

Beekland 2-71, sigue Gerlein, “es el drama del ser humano en medio de amigos, calles, mujeres, amores, fracasos, costumbres, tragedias, con la carga de la rutina diaria. Este libro constituye, en parte, la memoria del viaje del escritor por Europa, demostrando que, tanto allá como acá, nos debatimos y transitamos “en el vicio y la intriga, el pecado y la grandeza, la miseria y la esperanza como compañeros de infortunio del ser humano”.6

Con la utilización de términos mezclados con lo lúdico y un lenguaje seco y preciso, en apariencia un poco superficial, Roberto Ruiz Rojas crea una historia de amor que sirve de excusa y razón para cuestionar el trasegar del hombre, sus inquietudes profundas y su verdad ontológica en medio de una sociedad que lo condena al anonimato, la lucha diaria y la cotidianidad que opaca cualquier posibilidad de un existir emocionante.

El protagonista es abandonado o tiene que dejar el amor, bien sea porque no tiene los mismos objetivos de la pareja, los mismos sueños y anhelos o bien porque su situación no le permite asumir una relación con toda la responsabilidad que ello implica. El protagonista parece depender de la mujer en lo afectivo y en lo económico y así el hombre es un ser que debe cargar con su soledad, incapaz de afirmarse a algo sólido y fuerte, que dé sentido y trascendencia a su vida.

Betuel Bonilla advierte que en Beeklaan 2-7-1 “sobresale su lenguaje depurado, la profundidad con que el autor se introduce en las sicologías contradictorias de los personajes, la tensión con que lleva la historia, así en un inicio se antoje inverosímil la repentina fraternidad de dos recién conocidos en una ciudad que promueve la individualidad”. Desde luego que lo último es ingenuo por cuanto la convivencia en el exterior donde se tropiezan las solitariedades, al decir de Eutiquio Leal, lo que se busca es compañía por absurdo que parezca. Pero sigue Betuel Bonilla con certeza señalando en su lúcido ensayo que “También aquí el ojo del narrador capta con finura la ciudad, su crudeza, su orfandad; pero también su encanto secreto aún en lo grotesco, bajo el metro, en las sórdidas estaciones de los protagonistas, en los momentos sublimes y escasos del amor, que sin ser el motivo principal de la historia, manifiesta una sinceridad y sutileza ausente en el resto de la producción…Beeklaan 2-7-1 es, pues, novela de peripecias, de acentuado lirismo, de soledad, de remordimientos, pero sobre todo novela de lenguaje, pues en ella éste es fresco y desprovisto de arabescos innecesarios”.7

La temprana desaparición del autor cuando apenas contaba con 40 años, privaron a la literatura de una posibilidad grande de realizaciones en obras mayores. Su profundo conocimiento de la literatura, su sentido del oficio, su visión universal de los asuntos así se tratara de describir problemas locales, ofrecían las condiciones de un escritor debidamente equipado para empresas de madurez que, usualmente, a la edad de su muerte, es cuando comienzan a darse en un narrador.

Vale subrayar cómo el ludismo hacía parte del eje de sus trabajos narrativos, incluso de las obras teatrales que escribió, lo que para su momento era reconocible en latinoamericanos como Julio Cortázar y en novelistas que comenzaban a producir sus primeras obras significativas como Reynaldo Arenas o Manuel Puig, por cierto leídos, estudiados y admirados por Ruiz.

No debe olvidarse, tampoco, que el objetalismo francés cumplió una notoria influencia en la literatura de Roberto Ruiz, puesto que la aparente sequedad de su prosa, los términos exactos, la brevedad de todos sus títulos, son parte de la aprehensión de aquella escuela.

Las víctimas de la violencia política de mitad del siglo XX, las consecuencias de los enfrentamientos de los partidos políticos, el muestreo de la injusticia y de vidas frustradas, tienen en La prisión, en medio de juegos estructurales y alardes técnicos, un fresco del país de tan mentados años, así como la aventura de los latinoamericanos en Europa, en Beekland 2-71, alcanzan su auténtica radiografía, después colocada tan en boga por otros autores.

Notas

1.-Bonilla Rojas, Betuel, Roberto Ruiz Rojas ”el compromiso con la palabra,” 22 de julio del año 2000, Biblioteca Darío Echandía.

2.-Ruiz Rojas, Hugo, Nota de contracarátula.

3.-Bonilla Rojas, Betuel, op. cit.

4.-Bedoya Gómez Mónica y Pérez Varón, Jorge Enrique; Roberto Ruiz y su obra, documento Biblioteca Darío Echandía, Banco de la República.

5.-Op. cit.

6.-Op. cit.

7.-Bonilla Rojas, Betuel, op. cit.



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