Darío Ortiz Vidales, el memorioso memorable

Por: Carlos Orlando Pardo

 

El Tolima guardó luto cuando se apagó la memoria de quien fuera una autoridad en el campo de la historia o la academia, en la política o el periodismo, en la novela o la crónica, en la trashumancia y en la bohemia, en la polémica y la fraternidad, en la amistad y en la tertulia, en la estrategia y en la evocación. Perdimos a un ser irrepetible y maravilloso que deslumbró siempre con su inteligencia porque pocas veces se dan tantas cualidades en el mismo hombre. No fue nada fácil escribir tras la muerte de mi más entrañable amigo luego de una incansable conversación a lo largo de nuestros 35 años de camaradería. Se atravesó la muerte, “ese lugar del sueño sin ensueños” como la única capaz de vencerlo en apariencia tras haberse bebido la vida a borbotones. Dejará Darío de ser visto pero no sentido porque no fue de los que escribió su nombre sobre el agua sino de los que erigió su propia estatua a través de sus palabras y sus actos, siempre consecuentes con su carácter recio pero tierno y como una muestra de su preocupación por el destino de la patria y el de aquellos con quienes trazó su cerco espiritual. Parecía un espartano para quien la lucha o el mundo del arte le fuera enteramente suyo para disfrutarlo, porque igual estaba a lo largo de noches y de días con intelectuales y políticos, narradores y poetas, críticos o periodistas, pintores, compositores o intérpretes. Le dolía hasta el alma la muerte de sus amigos, gozaba con sus triunfos sin envidias, desterraba con facilidad los resquemores y hacía de la vida una fiesta sin fin, ofreciendo a cada acto cotidiano un sentido histórico y de leyenda con sus ocurrencias y sus descripciones, con su admirable memoria y la enorme cantidad de conocimientos gracias a que era un lector juicioso y sin ninguna tregua. Con él todos los días eran domingo porque no le tenía miedo ni a la muerte ni a la vida y esa extraña pero sabia costumbre la tuvo hasta el final. Ojalá esta existencia no sea sino la cuna de la otra para saber que empieza un nuevo grato viaje al que todos iremos. Su partida definitiva no ha sido sino por esta vez, pero seguimos sintiéndola con mucho dolor y nostalgia y lo haremos con profundo sentimiento en todos los otros momentos de nuestra duración. En medio de tantas herencias suyas nos quedan sus sueños como un desafío, su amistad como un cáliz y su carácter como una bandera.

Darío tenía la costumbre obsesiva de vivir intensamente. Siempre fue cierto que cada acto cumplido por él pareciera destinado a la magia de convertirse en una página de la historia, y todo porque cada cotidianidad suya era como asistir a un evento memorable. Por menor que pareciera la circunstancia conservaba el hábito de revestirlo con el color de la pasión porque amaba la vida. Tal vez por eso, no tuvo dentro de sus preocupaciones el tema de la muerte que miraba aleatorio en su caso, sino el de la existencia que asumía como fundamental sin explicarlo. La multifacética disciplina de sus entusiasmos lo condujo invariablemente a asumir la pintura, la historia, el periodismo, la política, la lectura, los viajes, los amigos y los amores como un viaje fantástico al estilo de Simbad el marino. Poseía la curiosa figura de un Quijote como si su estampa en apariencia desgarbada lo llevara cada vez a combatir con molinos de viento, a inventarse amores con diversas Dulcineas y a cargar a su lado de manera invariable la compañía de no pocos Sanchos. Asumía los fracasos o los triunfos con la serena convicción de su esencia pasajera y cada trozo de su momento tenía un importante significado si podía contarse. Tal vez en su memoria reposaban demasiados secretos que él develaba en la historia por dentro, en otros encuentros con ella, en clandestinidades que le apasionaban, diálogos que no quería terminar e infinita sucesión de noches bohemias que le permitían conducirlo a los callejones del tiempo y el espacio. Era apasionante verlo conducir verbalmente la película de la revolución francesa, ofrecer detalles poco conocidos de Napoleón, dar los pormenores de sus batallas y explicar la vida de quienes iban desgajando su cabeza en la canastilla de la guillotina. Pocos son los amigos que tienen esa incorruptible condición de amigos con todo lo que ello implica como Darío Ortiz. La nostalgia por la falta de su compañía no termina. Esa presencia que se convirtió en huésped de tanto espíritu semejante al suyo pareciera no haber partido a ningún puerto en busca de descanso. Por lo menos para nosotros así se encuentra el hombre que hizo de la acción y de la vida un alimento para la historia, del amor una pasión para el sentido, de la bohemia una llama para el pensamiento y de la amistad una bandera para el alma. Con él se hace más que cierta la frase de Guimaraes Rosa que afirmaba cómo las personas no mueren sino quedan encantadas.

Darío Ortiz Vidales conocía centenares de canciones sin perder un pormenor de sus letras y sin rubor alguno cantaba por horas acompañado primero del novelista Héctor Sánchez y luego en forma impajaritable del incomparable maestro Rodrigo Silva. Muchos años antes compró una guitarra como aditamento esencial en su casa que mantenía a la espera de cualquier concertista espontáneo o invitado especial y el indispensable equipo de sonido para escuchar su música, siempre colocada en bajo tono porque podía auto montarse la competencia al momento de sus punzantes y lúcidas intervenciones.

Por las mañanas, a lo largo de años, era ya una costumbre recibir su llamada telefónica para comentar las noticias de los periódicos y revistas a las que estaba suscrito y a ofrecer sus versiones sobre asuntos diversos, conservando la actitud crítica y corrosiva como doliéndose en jornada continua de la clase dirigente, de las injusticias sociales, del rumbo equivocado del país. Resultaba curioso que sus interpretaciones terminaran a la larga otorgándole la razón en momentos que a uno le parecía estaba equivocado, como si la labor espontánea de profeta por su capacidad analítica lo dejaran como un vidente perdido en la tranquilidad de su estudio o de su alcoba. Después de sus labores se estacionaba en su amplio sillón de cuero para saborear lentamente un whisky y reburujar en su memoria tantos caminos recorridos.

Se conmovía sin expresarlo por la muerte de amigos cercanos y en la tertulia se despachaba lúcidas y puntuales remembranzas alrededor de la vida y la obra de Eutiquio Leal, Germán Vargas, Eduardo Pachón Padilla, Gregorio Rudas, Jorge Elías Triana, Chucho Fernández, el padre Idrobo, Mario Lafont, Pablo Pardo y tantos otros que cayeron antes que él en el túnel de la muerte.

Fue su bohemia proverbial. En ella consumió parte de su vida y por ella iba a adelantarse en el último viaje. Diría como Emilio Rico que la sed también tiene sus derechos, bajo los cuales organizó su última casa para tener al frente de sus ojos parte de las querencias de su vida. Era fácil ver en su sala retratos de familia, granadas desactivadas, una espada que parecía haber pertenecido a Tulio Varón, pistolas clásicas de la independencia, varios jarrones de cerveza con la imagen de expresidentes y figuras destacadas como Juan Lozano y Lozano, Alberto Lleras o Jorge Eliécer Gaitán, una fotografía de su hijo pintor al lado de Botero, caricaturas que publicaran diarios y revistas sobre su participación en el proceso de paz o sus rompimientos políticos, las cartas de Jaime Bateman, y en una pequeña mesita que servía de altar a la copia del acta de independencia de los Estados Unidos con sus firmas y el tintero, a más de una muestra diminuta de la campana rota en Filadelfia. Allí hablaba con marcado timbre de orgullo sobre sus hijos y decía que el resultado era tan bueno que con esos ejemplos no le quedaba más remedio que cobrar por salto.

No le era posible estar tranquilo si no se hallaba en medio de cualquier conspiración. Le faltaba como el aire y de allí que atravesada su época en la políticaliberal, particularmente al lado y a veces en contra de Alberto Santofimio, dedicara sus últimos años a estar como abogado defensor o asesor o miembro de comités de diálogo clandestino para hallar salidas al conflicto con la guerrilla, en particular con el M-19.

Su pasión por la historia lo llevó no sólo a convertirse en un impenitente fumador de libros sino a encarnar a un intelectual cuya fuerza estribaba en los ejemplos como para convertirse en un lúcido guía que llevaba a sus contertulios de la mano por las catacumbas romanas, las luchas indígenas o los secretos de los papas.

Parecía no tener reposo porque le gustaba viajar. Si bien era cierto que regresaba con puntualidad a su nido, volaba por entre caminos de herradura, por montañas agrestes, por lugares infestados de peligros, por amplias avenidas en Europa, México o Estados Unidos y se estacionaba tranquilo en pequeños poblados o caseríos, en puertos de tierra caliente o en barrios como el Libertador. Parecía conocer la historia de cada uno de aquellos lugares que iba relatando con la pasión de un niño que vuelve a encontrar un juguete perdido en el tiempo y la describía no con los ojos cerrados de quien románticamente escucha un bolero, sino de quien tiene la mirada puesta en el mágico callejón de la historia y la leyenda. Era emocionante verlo describir arquitecturas, pasaje y paisajes, personas y hechos sin ningún titubeo.

Tenía gran devoción por sus viejos camaradas como si volviera a vivir con ellos otra vez cada anécdota de las referidas y desahogando el alma hallara remedio para los momentos de la soledad. Los conservó casi a todos a lo largo de su vida aunque hubo algunos que mantenía de lejos pero supo estar a su lado en las desgracias sin que fuera llamado y como diría Joubert, cuando los amigos son tuertos los miro de perfil. Si bien era cierto se quejaba de que le robaban el tiempo se dejaba robar por cortesía.

Pienso muy a menudo en su presencia y por eso lo siento a cada rato en la puerta de la casa, en la pequeña sala de mi estudio o en el estar de afuera donde acostumbrábamos a recibir el viento de la calle como si en un pacto de conversación permanente hubiéramos cumplido y siguiéramos cumpliéndolo. Si bien es cierto que con su muerte fue al lugar donde se afirma que no vuelve nadie, aquí perdura en nuestra memoria como si nunca se hubiese despedido. Semejara que escucha el deseo de verlo y que bien nos oyera para retornar cada vez encarnado en su figura desgarbada de Quijote, en sus tantas historias que bien pudieran durar mil y una noche y en las tantas maravillosas anécdotas de su existencia.

Durante sus últimas semanas recordó la fábula de Esopo donde afirma que es mejor morir de una vez que vivir siempre temiendo por la vida y agregó que jamás le habían preocupado las amenazas, salvo por su familia, por lo que tampoco le impresionaba saber que iba a morirse. Pareciera que los ojos de esa inatajable presencia no lo asustaran y que estuviera sereno resolviendo el crucigrama matutino para decir satisfecho que tenía todas las respuestas y que sólo aguardaba aquella que le iba a curar todos los males que no tenían remedio.

Lo despedimos de acuerdo a sus deseos. Por la multitud de amigos que se desplazaron de varias partes del país, desde anónimos ex guerrilleros hasta dirigentes conocidos, exministros y precandidatos presidenciales, senadores y representantes, intelectuales y periodistas, músicos e historiadores, fue fácil deducir cuánto se le quería y por lo que expresaron cuánto se le admiraba. Era uno de los privilegios en su último viaje como si convocara sin remilgos a todos cuantos compartimos grata y orgullosamente parte de su atípica existencia. No fuimos precisamente al cementerio a dejar a Darío con la vecindad de su padrino y paisano Darío Echandía y la de Chucho Bejarano a lado y lado de su tumba, ni a dejar bajo la tierra, en medio de canciones, consignas, lágrimas y flores su presencia, sino a ver de qué manera comenzaba su nueva leyenda y hasta se dejara venir con más libros y ese fuera un entreacto para volver a estar entre nosotros. Y en efecto lo ha hecho. Ha seguido dejándose sentir, a veces suavemente y sin ruidos contra sus costumbres y como si quisiera contarnos más historias de las que seguramente quedaron inconclusas. Lo veo avecinarse para darme secretos de las viejas caras conocidas que ha podido encontrarse, para decirme secretos de aquella su nueva tertulia tan lejana y a recordarnos simplemente que él por fortuna no es de manera simple un nombre o una fecha sino la esencia de un hombre que vivió tan sólo a su medida, así tal vez la muerte no sea, como repetía de Bonaparte, apenas más que un sueño sin ensueños.

Evoco ahora una entrevista que por lo menos veinte años antes de su muerte le hiciera mi hermano Jorge Eliécer para una revista. ¿Cuál es su último deseo? Le dijo. Inmortalizarme y morir.